22 de junio de 2017

Verdades y tristezas posmodernas


Esta especie de llamamiento debería darse oralmente, un monólogo exterior, como me gusta llamarlo; sería más auténtico, aunque curioso, ya que se trata de un grito en pos de una inmersión de cada uno en sí mismo, de darse un paseo por ahí abajo, a través de las profundidades y con el único propósito de reconocer, de reconocerse, de recordar. 

Reconocer, sí, eso es importante. Reconocer lo que somos, cómo somos, cuáles son nuestras debilidades, penas, lastres, miedos y heridas. Qué hicimos, qué dejamos de hacer y qué nos quedó pendiente. Qué no podremos ya realizar jamás… Muchos catalogan este posmodernismo de triste, vacuo quizá, en el que predominan en los jóvenes las dudas, las crisis existenciales, los cambios radicales, las ansias de revolución, la pérdida de identidad… Sí, creo que hay tristeza en este mundo en el que vivimos, creo que la llevamos dentro, que nos impregna y que incluso puede llegar a definirnos, pero más que esa maldita tristeza, en ocasiones revestida de tragedia, creo que hay intensidad. No se ha perdido todavía esa sensibilidad que impulsaron los artistas en el pasado, solo es cuestión de sentirla y dejarla salir, para así atrapar todas y cada una de las impresiones que ofrece la vida, que no son pocas. Esa tristeza puede y debe ser combatida, puede que no superada o vencida, pero sí podemos aprender a vivir con ella; es bonita también esa superación, la superposición de la fuerza sobre la debilidad, la herida, el tacto de una mano sanadora recorriendo los surcos de una cicatriz… Claro que hay belleza en esos gestos. 

No, no creo que nuestras generaciones sean tan diferentes de las que nos precedieron, solo que quizá en la actualidad hay más maneras, además del arte, de hacerlas patentes y compartirlas con el mundo, de exteriorizarlas mediante la tecnología y hacer que den la vuelta al mundo, hallando iguales, empatizando con el resto y tratando de identificarnos con ellos, porque tal vez no logremos hacerlo con nosotros mismos. 

Hay que reconocerlo; estamos rotos, todos y cada uno de nosotros, y el que lo niegue miente soberanamente. Reconocer, ese es el primer paso; reconocer la pérdida, la ausencia, la marca y la huella, el sangrado… Y a partir de ahí comenzar a tejer y reconstruir de nuevo. Reconocer que seguimos rotos y que puede que lo estemos por siempre, reconocer que apenas nos conocemos, que no entendemos qué es la vida, cómo se juega a este juego para el que nos ficharon sin consultarnos, enseñándonos a dar cuatro pasos para después soltarnos en una jungla ultrasaturada de ruido, color y caóticos estímulos. A vivir se aprende viviendo, y uno empieza a pillarle el tranquillo cuando está llegando al final, estoy seguro de ello. 

Hay que reconocer que nos sentimos desarraigados porque, más que dudar de nuestra procedencia real, lo hacemos respecto del lugar al que creemos que deberíamos pertenecer, si es que llegamos a creer que, efectivamente, alguna vez estuvimos anclados a algún espacio físico. Reconocer que el tiempo solo corre una dirección y que, por mucho que nos joda, jamás podremos cambiarlo. Que hay gentes que quedan atrás, que nunca somos capaces de percatarnos de cuándo estamos en la cresta de la ola hasta que nos hallamos atrapados en un vertiginoso descenso que no podemos controlar.

Hay que reconocer que conocemos sobradamente la diferencia entre error y pecado. Que a veces la cagamos y vivimos con esas cagadas, no nos queda otra, porque es algo que hacemos involuntariamente, con desconocimiento, y luego tenemos que apechugar, pero también que somos tremendos y orgullosos pecadores, que realizamos algunos actos a sabiendas de que están mal y aun así, con conocimiento e incluso premeditación, los llevamos a cabo solo para, durante un momento, sentir el éxtasis, la excitación del mal, resarcirnos en él y dejarnos llevar a través de un caos que no sabemos a dónde nos conducirá y en qué condiciones nos dejará, a nosotros y al resto; he ahí la erótica emoción. Somos así, por naturaleza; animales salvajes ansiando liberarnos, sentirnos vivos acechando el peligro y la muerte, demasiado primitivos para un mundo teóricamente civilizado y demasiado concienciados para, simplemente, abandonarnos a nuestros más puros instintos y pulsiones. 

También hay que recordar, harto importante. Recordar no para errar de nuevo -pues hay que errar una y mil veces, siempre-, si no para poder escapar y vivir durante unos segundos en una vida ya pasada que idealizamos cada vez que la rescatamos del pozo de aguas densas y negras que es nuestra memoria. Recordar para poder soñar con una vida que nunca estará a la altura de las expectativas, pero en la que gozamos realizándonos mentalmente; es algo que nunca nadie nos podrá arrebatar.

Todos estamos un poco más jodidos de lo que nos atrevemos a reconocer, jodidos por cómo ha sido todo y por cómo sigue siendo, por todo lo mencionado anteriormente, y el que lo niega es que simplemente porta la máscara más elaborada de todos. La valentía no radica en esconder o negar, nada de eso, sino en sufrir y temer y aun así continuar adelante, pase lo que pase, siendo consciente de las consecuencias y sabiendo que habrá que afrontarlas con la cabeza alta cuando se presenten. 

Aunque siempre quedarán esos locos supervivientes, tocados, malheridos, algo melancólicos, pero que han aprendido lo suficiente como para sacarle una sonrisa al instante más amargo. Aquellos que han aprendido a sobreponerse a las cicatrices y a las ausencias, y que las llevan y recuerdan con orgullo. Porque a pesar de todas estas tristezas y verdades posmodernas siempre quedará la emoción, la felicidad más simple y la belleza, siempre la belleza, que cada cual encuentra en aquello que ama o le produce fascinación. Esa es la maravilla del mundo posmoderno, el saber reconocer que también las debilidades y las penas pueden llegar a ser hermosas y amadas con pureza.  

Solo queda quedarse escuchando, una bella noche veraniega de estas, al más loco y desarrapado soltando un soliloquio similar a este subido a un entarimado callejero. Estos fantásticos personajes siguen existiendo, persistiendo y luchando por pregonar las verdades recónditas que todos conocemos, pero que muchos se niegan a aceptar y escuchar; solo es cuestión de querer encontrarlos; solo es cuestión de creer y seguir viviendo.  

13 de junio de 2017

La luz verde al otro lado de la bahía


¿Qué más da que perdamos el rumbo? ¿Qué más da que las palabras de Tony Soprano «No sé quién soy, ni a dónde voy» retumben en nuestra cabeza? Da igual si nos tomamos unas copas de más o si jugamos con la esquizofrenia paranoide con manía persecutoria, da igual que grandes y pequeños se equivocaran, que Ramsés II se creyera el rey de reyes o que Bukowski dijera que nació para robar las rosas de las avenidas de la muerte; todo eso da igual, porque vivieron, vivimos y vivirán en el mismo saco, ese que llamamos mundo. 

Que los románticos se maravillaran con lo sublime de un crepúsculo bañando la magnificencia de la naturaleza, que los realistas los golpearan furiosos y rebuscaran entre lo cotidiano, tratando de extraer algo que brillara más de la cuenta, o lo más mundano que pudieran encontrar; que los que les siguieran narraran vulgares travesías por carretera, inyección de drogas, ingesta de sueños rotos, penetraciones en lugares cálidos para resguardarse de la noche y viajes al Nirvana y al hospital. Da igual que ahora todos bebamos de ellos, de lo que fueron y pudieron haber sido, porque nuestras partículas, como las suyas, se escaparán por el mismo agujero del mismo saco.  

Todos olvidamos alguna vez cuál era el camino correcto, tememos errar y perdernos e incluso, si la cosa llega a tal extremo, llegamos a dudar de si alguna vez podremos regresar y corregir el rumbo. Las pesadillas y obsesiones son piedras habituales sobre esta tierra ignota que nos sobreviene. Charles Arrowby creía ver fantasmas y monstruos marinos y Gatsby se fascinaba con una luz enfermiza al otro lado de la bahía que bien podría haber sido una flor azul. Sea correcto o equívoco el camino, cada uno de nosotros tendrá su propia simbología a la que aferrarse, una que nos ayude a encontrarle un sentido trascendental a la acción más mundana o a la idea más abstracta, para arraigarla a la tierra y a la mente, para hacer que parezca posible y realizable.

Unos buscarán la gloria, el triunfo y la realización; otros el caos, la violencia y la oscuridad que toda vida permite, y unos tantos lo sublime, la belleza y la estrella más perdida del firmamento. Lo que tienen en común todos estos tesoros es que siempre se encontrarán al final del camino, pues si no, ¿qué gracia tendría el juego? 

Buscamos fortalecernos, hacernos más grandes y eruditos, pero en lugar de ello el camino puede llegar a marchitarnos, aun cuando vayamos acercándonos a la meta. Camus también lo decía, aquello de que la debilidad excepcional que sentimos ante la belleza es lo que deliciosamente nos ablanda y hace que el mundo sea más soportable. Esto es lo que ocurre en la senda, que nos maravillamos y marchitamos, para al final llegar exhaustos y pequeños, débiles y ancianos, pero habiendo conseguido llegar, que es lo importante. 

Y lo mejor de todo es que, aunque muchas veces no lo parezca, el camino incorrecto suele ser el que representa un atajo, una segunda vía para alcanzar esa luz verde que tanto nos obsesiona y que tan lejana parece. 

7 de junio de 2017

Lugares del pasado


Regreso a los polvorientos caminos de tierra, los que atraviesan los campos y llevan a la antigua casa. Conduzco despacio y me es imposible evitar que un extraño sentimiento me invada. Cuánto sucedió entre sus cuatro paredes y, más todavía, en sus alrededores. Los senderos y más allá de ellos. Los terrenos circundantes al nuestro. La parcela de mis tíos. Todo el panorama que forma una parte importante de mí, pues crecí entre la tierra y las rocas y el polvo que albergan, los cimientos de mi infancia. 

Ahí estoy de pequeño, jugando con mis primos en el enorme montón de arena que la excavadora ha arrancado de la tierra virgen para hacer el agujero que meses después será la piscina. Somos tan pequeños y el mundo tan grande, que el montículo se nos asemeja a una montaña en la que desarrollar todas las aventuras que nuestra poderosa mente infantil es capaz de proyectar. Historias que se suceden una detrás de otra, sin límite, encadenándose de forma tan natural que es casi perfecta, ya que aún somos esos niños que no conocen el miedo, cuya mirada está más lejana que nunca del terrible mundo de los adultos. Todo es posible todavía, el tiempo transcurre despacio, ralentizándose una infinidad de veces, casi congelándose a cada segundo. Ya no recuerdo la última vez que sentí que el tiempo se detenía. Ahora vuela tan fugazmente que apenas puedo percibir su curso; un furioso río que desemboca en una catarata sin final. Al fondo un abismo desconocido que quizás sea la muerte. 

Me acerco a la parcela, la verja cerrada, la llave de cuyo candado dejó de pertenecerme años atrás. Dentro unas personas que no me son familiares. Caras desconocidas en las que nos veo reflejados a todos nosotros, a mis primos y a mí, cuando la infancia brillaba como un sol que ya he olvidado y cuyo aroma es el de los geranios que se marchitaron cuando se cerró la venta. Un olor que me acompañaba al recorrer todos los caminos de las cercanías, al explorar las montañas cercanas, incluso cuando con diez u once años le cambiamos la bujía al ciclomotor de mi abuelo, víctima del tiempo, oxidado, casi un esqueleto agonizante, y nos lanzamos a la carretera sin que nada nos importara más que el presente.  

Marcharé antes de que las personas que ahora residen aquí se encuentren con mis ojos y me miren con indignación, fantasmas de una familiaridad ignota. Todo sigue igual, por mucho que pasen los años. Nosotros somos los únicos que cambiamos, y vaya si lo hemos hecho; tanto que ya no habitamos ese lugar que nos dio la vida, que nos regaló tantos veranos. Sigue ahí la terraza cuyo borde hizo caer a mi primo, después la visión de su rodilla desgarrada, la sangre manando a borbotones, nuestros lisos y pálidos rostros presos del terror y el asombro; herida que las grapas cerrarían, pero cuya cicatriz permanecería por siempre, representando mucho más que una caída. Todavía sigue ahí la puerta en la que me reventé el dedo índice; esa es mi marca personal.

Ahí estoy también con mis amigos, con unos cuantos años más y algunas historias que contar. Es verano y somos adultos, pero el espíritu todavía es joven y rebelde, queriendo mantenerse al margen de las responsabilidades. Ahí están esos baños nocturnos en la piscina, copa en una mano y cigarrillo en la otra, la chica que me gusta justo enfrente. Esa noche le robaré un beso; no, eso ya sucedió, esa noche haremos el amor por primera vez, y será una de muchas chicas y noches que transcurrirán allí y dejarán una fuerte imprenta en mi memoria que, a día de hoy, cuando contemplo nostálgico la película de mis años perdidos, sigue palpitando con fuerza. 

Este lugar ya no me pertenece, ya no soy parte de él, ya me dio todo lo que tenía que ofrecerme y me enseñó unas cuantas lecciones. Ya no habrá aquí más baños nocturnos, ni barbacoas un domingo de primavera, ni borracheras ni sexo ni risas que contraigan las entrañas. No, este lugar está tan muerto como los niños que una vez fuimos en él. Sea como sea, estos caminos de tierra siempre estarán gravados en mi piel, como surcos o cicatrices por los que siguen fluyendo la vida y el tiempo; marcas de las que jamás lograré despojarme, y a las que quiero tanto como a los recuerdos que representan. Al final no somos nuestros logros sino nuestras ausencias, y esta es la que constituye los cimientos sobre los que me yergo. 

15 de mayo de 2017

¡Máscaras fuera!


Muéstrame quién eres, venga, hazlo sin miedo. Esto no va de apariencias, sé que muchos llevan con orgullo una máscara que los oculta, pero quítatela solo esta vez. Quítate la máscara tras la que te escondes y toda la ropa y muéstrate tal cual eres. No tengas miedo al qué dirán, a lo que puedan pensar, no, nada de eso. Que se jodan, ellos y todos los que vengan detrás, solo sé tú mismo; preocúpate por aquellos que te rodean, que aguantan contigo a diario el fuerte tirón de la vida, y olvídate de las fotos, las redes sociales, el puto postureo y toda esa mierda que trae consigo. Eso no es más que falsedad, la vomitiva farándula televisiva traída a todos los hogares y a todos los usuarios, a la gente de la calle, de a pie, para que se crean estrellas durante un día cuando en realidad estarán tan vacíos como aquellos a los que, con grotesco resultado, tratan de imitar sin resultado. 

Olvidémonos por una noche del móvil, de esa vida paralela que reside tras la pantalla, del reflejo en el espejo, solo seamos nosotros mismos y salgamos a la calle a emborracharnos, a gritar en cada avenida, a detener el tráfico, a delinquir un poco; dediquémonos por una noche a ser felices de verdad, y no regresemos hasta mañana a las once de la mañana, cuando el sol ya alto bañe nuestros rostros demacrados, y los demás transeúntes nos miren y se pregunten: «¿Por qué sonríen?» Exacto, eso es. 

Y cuando nos separemos y regreses a casa, no sigas preocupándote por las gilipolleces de siempre. A la gente se la va a sudar cómo vistas, cómo seas, con quién andes y a quién te folles; tienen problemas más importantes que tu vida, y si no los tienen es que son meras estatuas que caminan por alguna broma del destino. Deja de preocuparte por la gente que no pierde un minuto contigo, deja de esperar milagros que no van a suceder y a aquellos que no van a regresar por mucho que reces, échale un vistazo únicamente a esos que han tragado tanta mierda contigo que cualquier día reventarán, antes que tú, pues esos son los buenos, a los que debes ayudar y amar; los demás solo son imágenes proyectadas en una pared resquebrajada. 

Quítate la puta máscara, que el que te vaya a querer lo hará por quién eres y no por quien aparentas ser; eso solo te ridiculiza, te homogeneiza y te resta originalidad. Al final ser un personaje es algo bueno, piénsatelo bien, así que si ya lo eres poténcialo al máximo y despójate de cualquier máscara que se exhiba en el primer escaparate de turno. Porque hacen falta más personajes; caricaturas hay demasiadas, pintando las calles, invadiendo las redes, eyaculando su veneno por doquier, ocultando lo verdaderamente importante. ¿Que qué es? Eso ya que lo descubra cada uno por sí mismo, pero pásame una lata y deja esa máscara de lado, que es fea de cojones y da una imagen equivocada.  

5 de mayo de 2017

El Rey de la mundanidad


No hay ya nada que hacer. El ciclismo te atrapa, y no es el del Tour de Francia. El surrealismo cotidiano da una contundente pedrada y rompe tu ventana, para que entre la brisa, para que pase la primavera y te penetre; luego alumbras una buena alergia de esas que rejuvenecen el espíritu, y sales volando por la puerta que has reventado a base de cabezazos. 


Había una débil luz al fondo. Casi habías olvidado cómo era sentirla en esa piel que ya no es broncínea, que ha perdido el color y está pintada de un pálido blanco cenizo. Escuchabas voces nacidas al otro lado, ecos de remembranzas diluidas. Veías chispas cuando cerrabas los ojos, centelleos granates que pintaban el negro, dándole un brillo que lo hacía aún más oscuro; ondas de tinieblas rellenando los surcos de las paredes, los arañazos en el acero, las quemaduras en las sienes; hora de salir.

Porque la ventana vomitaba amagos cromáticos en esa estancia plomiza, rayos ilusorios que bosquejaban las posibilidades exteriores en ese suelo resquebrajado en que las malas hierbas se abrían paso. 

Escuchabas aquella canción una y otra vez. Los primeros acordes entraban en ti como una enfermedad. El bajo marcaba el pulso del submundo. Las voces invadían la habitación como una estruendosa y caótica algarabía de manicomio. Todos los locos vivían en ti. El humo iba quedando impregnado en las paredes y en el techo, colapsando el ambiente. Cabezas que estallaban, botellas haciéndose añicos, sonrisas suspendidas en el aire y ojos crujiendo al abrirse y cerrarse. Un letargo demasiado largo. 

Al fin has salido. Las calles nunca han olido mejor. Ha desaparecido el mefítico rastro de pérdida que las impregnaba; se lo tragó la alcantarilla o ascendió a los cielos amarillos. Ahí estás, expuesto en un escaparate, prístina sonrisa en los labios y un guiño que emite un fulgor especial. Ahí donde hemos estado todos: espaldas apoyadas contra la pared, cintas en el pelo, zapatillas destrozadas, camisetas manchadas, saliva gorgoteando de la boca, aguardando un balonazo; futuros que han sido barridos. 

Las calles están vacías y nunca resonaron mejor. No quedan taxis, autobuses, coches patrulla ni motos trucadas en estas vías adoquinadas, en los senderos de esa habitación sin cuarta pared. Puedes gritar, saltar, bailar y nadie irá a detenerte; tampoco a sumársete. No queda nadie en esa Gran vía de luces fundidas. Las bombillas rotas son ondulantes océanos que te llevan, acunándote fríamente. 


Sales al fin a impregnarte de esa primavera que llueve como fuego de los árboles. Te sientas en una solitaria mesa de una terraza, tomas tu café solo y fumas media docena de cigarrillos. Garabateas cualquier cosa en tu ajada libreta, quizá alguna idea furiosa, un sueño olvidado, una meta difuminada, unos versos torcidos. Pateas las calles que haces tuyas, te relacionas de nuevo; es el despertar a un mundo que habías dejado atrás. Vuelve a mezclarte con esa farándula que olvidaste, ponte la máscara y ríe como un demonio. Sé un ejemplo a seguir, luego, bajo mano, urde los planes que mejor te convengan. Bendice a todos con el perfume que robaste del Infierno y sé un santo para los que dejaron de creer. Cree en ti, cree en que la vida es buena y sigue adelante. 

Escucha unas rumbitas el domingo por la tarde, empápate de sidra y cerveza, ríe a carcajadas cuando muera la noche, vanagloriándote de que sigues vivo, de que nadie ha podido exterminarte. Roba unas cuantas sonrisas, produce miradas que derritan edificios y recita unas cuantas epopeyas de sexo y violencia. Inúndate del calor de la gente, acércate a cualquier persona que te guste y consigue sacarle los colores con unos cuantos gestos y dile: «Eres el sol que se sonroja cuando me acerco». Eres la noche para él o para ella, eres la pieza que faltaba en tanto puzzle incompleto.

Escucha una conversación entre tus amigas: «Quedamos y nos arreglamos, y puede que nos toquemos las tetas, y quizá luego nos masturbemos la una a la otra»; fantástico. Que te bauticen todas esas historias y te hagan renacer como el rey y el azote de todas sus andaduras.

Sé su luz, sé su música, sé su motivo y también su pena, su arrepentimiento; sé el error que cometerían una y otra vez, en mil ocasiones hasta perder la cabeza, tal y como tú lo hiciste en tu ausencia en aquella habitación cerrada. Vives rodeado de profanos y frivolidad. Sé, pues, el rey de la mundanidad. 

23 de abril de 2017

Cuando ella se cansó


Llegó un día en que se cansó, un buen día en que se hartó de toda la mierda, se enfundó en sus pantalones rotos, en sus zapatillas con siglos de historia, se alborotó más todavía el pelo y pegó un portazo de la hostia al salir. Sí, así fue, y no se pudo más que aplaudir desde la ventana, viéndola marchar, tomando las calles paso a paso, hacia un mundo que le pertenecía. 

Había colapsado, demasiado veneno en su cabeza, pero la sonrisa que exhibía era de un triunfo atronador. No había un solo transeúnte que no se la quedara mirando al pasar, pues con la seguridad que exudaba evidenciaba esa victoria que la propulsaba. Después de todas las noches pasadas a la intemperie, de todos los capullos a los que había tenido que aguantar, susurrándole en antros de mala muerte ebrias, incoherentes y trilladas frases mal formuladas en un intento por engatusarla, desconociendo que sería imposible que se la llevaran a la cama, no esa noche, no a ella, no en esta vida, después de todo el hastío, se había liberado. Después de que la invitaran a cerveza floja, a meado de un euro en un vaso sucio, cuando ella anhelaba fuego que la quemara de verdad, un whisky a palo seco o algo más fuerte, una mirada abrasadora y penetrante que la descolocara, cuando solo halló vistazos de soslayo que pretendían desnudarla, después de sentirse vacía física y emocionalmente, cuando ningún trago pudo calmar su sed, cuando ningún abrazo era lo suficientemente cálido y ninguna palabra mínimamente inteligente, mandó todo y a todos a tomar por culo y salió escopetada. El último imbécil que la había visto fue el de la ventana, que ni siquiera rozó su ardiente piel ya que, harta ya como estaba, le provocó un gatillazo histórico cuando le hizo saber, con solo mirarlo a los ojos, que lo iba a destrozar, emocionalmente, para siempre. Se acojonó y solo le quedó dejarla pernoctar allí, mientras pensaba que su vida no volvería a ser la misma, que nunca volvería a cruzarse con nadie como ella. 

Al ritmo de Underworld recorre todo ese nuevo y maravilloso día, de arriba abajo, de un extremo al otro y, cuando se cansa de aturdir al sol con sus vaivenes, lo deja descansar y se enlaza a la noche. Nadie osa tocarla, nadie acercársele; todo el ruido y la furia que la envuelven son solo el principio. Pronto eclosionará y se convertirá en el ser superior que siempre llevó dentro, escondido, protegido, al que iba alumbrando lenta y cuidadosamente, para un día dejarlo salir. Es casi el momento, y no esperará más. Demasiado.

Demasiada mierda a sus espaldas, historias que se rompieron antes de comenzar, ilusiones rotas, lágrimas desperdiciadas en gente que no merecía ni un mensaje de despedida. Demasiados sueños que perseguir todavía, y buenas personas por las que realmente luchar hasta desfallecer. Nadie habló nunca de cerrar puertas, pues aquel portazo solo simbolizó la cristalización del filtro que dejaría a toda la mugre donde merecía estar, en el poso de un café rancio. 

El único que se le acerca es aquel que no puede apartarse de su camino, que desfallece en la calle, como un Whitman acabado, cuyo único ápice de color en su vida es la rosa que ella le deja a su lado. Es ese un hombre cansado de esperar un romance, que envejeció aguardando un azul aciano que lo llamara. «No, aquí no se esperan llamadas, aquí se sale a reventar todas las cabinas telefónicas», le dice ella, al pasar a su lado. El viejo poeta, con los ojos vidriosos, mirada transparente, se acerca a la rosa y huele su aroma. Ese rojo revitalizador inundando sus fosas nasales, excitándole el cerebro, dándole una pizca de las fuerzas que la impulsan a ella. Sí, mañana será otro día, cuando salga el sol y cuando todos los idiotas hayan aprendido una lección, se colocará la rosa en la americana e irá a buscar a esa antigua amante, vieja y perdida como él, para que se cuenten todas las historias que no pudieron ser. Al fin será él mismo, en el final.

Al fin es ella misma, en el principio. 

[Imagen: Fabián Pérez]

10 de abril de 2017

El hombre que espera


Que el tiempo ha sido siempre una perturbación para el hombre, un objeto de intenso debate y un tema clave de reflexiones y meditaciones, no es ningún misterio. Es algo contra lo que no se puede luchar, invencible. 

Algo que parece muy contemporáneo –ultracontemporáneo, diría más de uno–, es esperar. Dicho acto que consiste en dejar pasar el tiempo sin hacer nada, solo aguardando a que cualquier cosa suceda. Hay muchos impacientes, muchas personas cuyas ansias les pueden, les superan, y se inquietan y ponen nerviosos ante el arcaico acto del que hablamos. 

Hay que moverse, está claro, ser echado para adelante, como suelen decir, pero por desgracia en demasiadas ocasiones no nos queda más remedio que esperar. Eso es lo que te dicen: espera pacientemente… Como si el que te lo dice hubiera descubierto el secreto de la vida eterna y dispusiera de unas cuantas décadas de sobra para echarlas por la alcantarilla, esperando. ¿Esperar para qué? Pues, obviamente, para casi todo. 

Espera para conocer los resultados de un examen, una prueba o lo que sea. Espera una llamada, un WhatsApp, un correo electrónico, una respuesta a una pregunta, invitación, incitación o comentario cualquiera. Espera a que te llegue el sueldo cuando te has quedado pelado a mediados de mes, espera milagros en lugar de salir a buscarlos. Espera la llegada de las vacaciones, del verano, del día libre a la semana, para después ver cómo se consume con malvada rapidez. Y ya desde la infancia: espera a ser mayor, espera a tener la edad suficiente como para beber, fumar, conducir y entrar a un prostíbulo. Espera para poder votar y aun así ver cómo el país se va por el desagüe. Aprende a esperar, a no desistir ni renunciar, a no provocar un caos tan descontrolado que te sorprenda a ti mismo, fruto de las ansias que te dominan. En el mundo editorial: manda cualquier abominación salida directamente de tu enfermiza mente, sin filtrar ni adecentar, y espera una respuesta pacientemente, que puede tardar meses; la escritura lleva su tiempo, es un proceso lento… Es lo que dicen. ¿pero qué proceso no es lento, hoy en día? Espera para obtener un empleo mal remunerado y luego espera a que te echen para poder cobrar el paro. Espera en las colas del supermercado, del banco, espera a que te atiendan al teléfono, a que se rían de ti al otro lado de la línea, espera a que deje de llover para poder sacar a pasear a los perros sin ducharte prematuramente, espera el estreno de la película que llevas años deseando ver, el nuevo capítulo de esa serie que no te permite despegarte de la pantalla. Espera, espera y espera. 

Visto así, uno llega a pensar que, entre dormir y esperar, se nos van dos tercios de la vida en actos inútiles en los que solo permanecemos, sin realizar acción alguna. Tendríamos que vivir mil años para que las esperas tuvieran algún sentido y merecieran la pena. 

Aquel que posea el gran secreto que se dedique a esperar; el resto deberíamos comenzar a actuar y, al que nos mande esperar, sortearlo y seguir por nuestro camino. Porque lo único que pasa de largo al final, mientras uno espera cualquier chorrada, es la vida, y que se sepa solo tenemos una.