5 de diciembre de 2016

Encuéntrame


Los rojos cohetes atravesaban
Fugaces todo un firmamento oscuro,
Limpio de estrellas y asteroides, puro.

Los latidos apagados bailaban
En armonía en la clara penumbra,
Hermosa, densa, tibia y azulada.

Plumas se movían agarrotadas
Por el frío y el dolor del cansancio,
Exhaustas después de diez mil páginas.

Vaho surgía de las chimeneas,
Dorado y espeso como la niebla
De cada arroyo marchito y sumido
En las tímidas tinieblas del alba.

La esperanza perdida y olvidada
Resurgía para tomar de nuevo
Los cuerpos ocultos y abandonados,
Para volverlos fuertes y brillantes,
Para devolverles al fin las alas.

Nuestras lágrimas secas y oxidadas
En negro y destrozado pavimento,
Sobre vieja y carcomida madera,
Sobre el hierro que marcó al rojo vivo
Los signos de un futuro congelado;
Ya no brillarían más; ya nunca más.

Porque el tiempo volaba y perdíamos
Su estela en el horizonte infinito,
Porque ya no nos eran necesarias
Aquellas lágrimas que derramamos,
Porque ya no volvimos a temerle
Al tiempo que no pudimos vencer.

Besos robados al raso y la luna,
Que nos miraba muda bajo cero,
Solo para llevarnos al cielo.

Nudos irrompibles de cuerda seca,
Fabricados de arduo fuego y acero,
Nos encendían bajo las sábanas
Que nos protegían de las ventiscas.

Marcos albergando pinturas negras
Diluidas en el rímel corrido
Por tantas sonrisas y sus destellos.

Botes encallados en las orillas,
Botellas en el mar a la deriva,
Y sus cientos de mensajes perdidos;
Cibernética y tinta diluida.

Todas mis pesadillas ahuyentadas,
Todos mis sudores y escalofríos
Curados en frenéticos orgasmos;
Polvos febriles y desamparados.

Miradas inmarescibles que nunca
Se apagaron, que nunca se extinguieron,
Que continuaron impulsándonos
Al terrible vacío de uno mismo.

Tu espalda perlada era mi lenguaje,
El braille que conocía mi alma
Cuando te poseía en la penumbra,
Cuando más te amaba, sin duda alguna.

Tu cuerpo desnudo era el vehículo,
Mi transporte a las estrellas lejanas;
Era la suave caricia del sol
En la más fría mañana de invierno;
Era aquello que me electrificaba
Por dentro, los acordes del silencio,
La pura geometría de lo idílico,
Los colores de un nuevo nacimiento.

Todo quedó en profundo recuerdo,
Todo quedó en el rojo firmamento;
El sentimiento se dejó marchar,
Pero cada recuerdo era la estela
Que dejaban los cohetes pintando
La tenue luz del futuro en el cielo,
Otorgando sentido al sinsentido
De aquel camino que nos escogió,
Que nos elevó en calidad de amantes,
Caminantes hechos de melodía.

Duradero, eterno es el camino,
Largos amaneceres esbozados
De cálida añoranza y esperanza,
Hambrientos de recóndita belleza,
Una interna, que fue solo nuestra.

Y solo allí nos hallaremos,
En la infinidad de la vía láctea,
Cuando nos alcancen las bravas aguas,
Cuando recordemos cómo nos vimos
Cuando nos miramos por primera vez,
De una deslumbrante aura rodeados.

Encuéntrame aquí y allá, encuéntrame en el tiempo;
Yo te espero en el centro, en el núcleo del cielo. 

9 de noviembre de 2016

De unicornios y tabernas


Uno puede llegar a escuchar gran cantidad de cosas interesantes si se para a escuchar atentamente en el momento y lugar adecuados, o si introduce ciertos elementos inflamables para avivar una conversación y, en cierto modo, hacerla estallar. Así fue que estando un día cualquiera en un bar de Valencia llegué a escuchar ciertas ideas –todas ellas provenientes de mujeres, debo aclarar– que me resultaron más que interesantes, por lo que no he podido evitar juntarlas y exponerlas en el presente texto. Quede claro que no todas son mías, pues principalmente me he dedicado a ordenarlas y darles forma. 

El caso es que las cosas han cambiado; sí, señores y señoras, debemos admitirlo cuanto antes. El mundo ha evolucionado tanto y tan deprisa que ya apenas nos resulta reconocible. Lo ha hecho en muchos aspectos, pero en este texto me refiero, en concreto, al arte del ligoteo, del cortejo, de la seducción, o como quiera llamarlo cada uno, y a los cuentos que se les relacionan. Antes las mujeres –y Disney ha hecho un daño terrible e irreparable al respecto, pocos me quitarían la razón–, para este caso las princesas del cuento que protagonizaba cada una de ellas, no tenían más que esperar en su flamante castillo, en su espectacular torre, a que el príncipe fuera en su busca, para conquistarlas, ganarse caballerosamente su corazón o para rescatarlas de algún mal, según la situación y necesidad de cada una. ¿Pero qué sucede ahora? Que la princesa se cansa de esperar, pues el galán no aparece, el príncipe no llega. La hermosa, inocente y pura princesa se pregunta entonces: “¿Dónde cojones estará el cabrón este, que no llega?” Pues bien, la respuesta es sencilla y ya conocida en estos turbios tiempos que corren: el príncipe está en la taberna local cogiendo la turca de su vida, rodeado de otros camaradas o rivales, de mujeres despampanantes, bailarinas de streaptease –que bien pueden ser princesas también, claro está–, de cerveza, whisky, tequila y cocaína; y de fondo un rock duro ambienta el antro lleno de una espesa niebla. De vez en cuando quizá se le pueda ver también partiéndole el taco de billar en la espalda a otro príncipe que, como él, viste una capa raída de un azul descolorido, con algunas manchas de vómito y sangre y con barba de varios días, todo por el honorable amor de una bella damisela.

Así son las cosas ahora, todo se da en la taberna, y las princesas, en lugar de aguardar en el vasto castillo deben salir a las frías calles, internarse en las sucias tabernas, en los antros de mala muerte, para pelear por sus príncipes con las demás damiselas, al igual que ellos mataron dragones en tiempos remotos en gestas de iguales ideales. Bueno, ¿y qué coño tiene esto de cuento? Tranquilos, que lo sigue siendo, pero cambiado y evolucionado. Que nadie se escandalice, pues el famoso unicornio sigue existiendo. ¿Qué dónde está? Pues mientras el príncipe coge el ciego de su vida en el cálido interior de la taberna, el pobre bicho espera en la cuadra que hay fuera, tomando whisky barato del abrevadero y buscando el valor necesario para entrarle a una yegua atractiva e intentar llegar a montarla sin ganarse un pleito por acoso sexual; si no hay cuadra, uno podrá encontrarlo seguramente en el frío, húmedo, oscuro y maloliente callejón que hay junto a la taberna, rebuscando con su antes prístino y legendario cuerno entre la basura y rezando porque no se le enganche con alguna lata y se le caiga, pues está débil y goteando a causa de la sífilis que contrajo al tirarse a la yegua que hacía la cuadra una semana antes y sin protección en las cercanías del hospital, mientras a su príncipe le hacían un lavado de estomago a raíz del coma etílico que había sufrido.

Sí, así de sórdido es ahora; aunque este no es más que otro cuento de la cruda modernidad para escenificar que las cosas, por suerte o por desgracia, ya no son lo que eran. Así que, bellas princesas, dejen los castillos y salgamos todos a las calles para al fin encontrarnos. Ya no se va de bares, ahora se va de tabernas, donde habita la magia de los cuentos. 

P.D.: Tendrán que disculpar que me despida tan prontamente, pero mi unicornio me grita no sé qué de Jack Daniel’s desde el retrete, y debo atenderlo, pues si no a ver quién me lleva de tabernas mañana por la noche. 

13 de octubre de 2016

Venimos a Madrid


Es un día frío y gris, un día de lluvia que acompaña a que pasemos la tarde en casa, arropados en el sofá y tapados hasta el cuello con una manta, viendo la televisión y echando de vez en cuando una ojeada a la ventana para ver el mundo exterior, para ver cómo cae la lluvia y moja las calles adoquinadas, solitarias y carentes de color. Pero es un buen día también para salir y darse un paseo, viendo todo cuanto nos rodea. 

Te tomas algo en una terraza cubierta viendo pasar los autobuses, los coches patrulla y las ambulancias haciendo resonar sus sirenas por las avenidas, y escuchas fugazmente un fragmento de la conversación de la mesa de al lado, una frase surgida de un discurso que se te ha escapado pero que aun así es demoledora: “Todos están más solos de lo que pensamos”; intuimos que también de lo que ellos mismos piensan, aquellos a los que el interlocutor hacía alusión. 

Aquí en Madrid todo es grande, somos muchísimos y quizá por ello la soledad tienda también a ser mayor, a crecer con más amplitud y ferocidad. Lo cierto es que, sea por oportunidades o por azar, muchos terminamos aquí, en la gran ciudad, donde se viene a renacer o a morir. De un modo u otro todos acabamos recorriendo estas calles buscando ese algo, mientras tratamos de buscarnos la vida. Cada uno de un lugar distinto, lo cual enriquece el matiz de personalidades, nos juntamos en esta urbe entrecruzando nuestras vidas mientras intentamos llegar a algún lugar. Aquí no hay peces grandes, tan solo miles y miles de peces pequeños, queriendo hacer gala de una gama de colores que cualquier vecino puede poseer, intentando brillar sobre el millón de luces que pintan la ciudad cuando cae el sol. 

Cuando eres consciente de dónde estás, a pesar de lo desconocido que pueda resultar, sonríes. Sí, sonríes por las oportunidades, por esa ingente cantidad de posibilidades que se abren ante ti, pero también porque eres consciente de que tú también eres uno de esos miles que vino aquí a buscar algo y que te has encontrado con muchos iguales, cada uno de una tierra distinta. 

Caminas por la calzada mojada, te abrochas la chaqueta resguardándote del frío y entonces, todavía con esa sonrisa en los labios, enciendes un cigarrillo y sigues caminando. ¿Hacia dónde? Qué más da, mañana será otro día. En ese momento piensas en quién eres realmente, de dónde has llegado y, sobre todo, por qué has venido. Recuerdas qué es lo que quieres hacer y por qué dejaste todo atrás para perseguir ese sueño, sea el que sea; y en medio de la vasta soledad mencionada en aquella cafetería que quedó atrás hace un rato, durante el paseo, te das cuenta de que para bien o para mal ya has dado el primer paso, muchas veces el más grande, y que ahora te estás dejando llevar por la corriente, por esa marabunta de gente con miles de vidas posibles que hace que la tuya ya no sea la misma, pero que la hace sorprendente y emocionante con cada día que transcurre.  

30 de septiembre de 2016

Adiós, Septiembre


Ahora que se está yendo Septiembre me doy cuenta de que va a llevarse muchas más cosas con él, algunas de las que estoy seguro y que ya he asumido, otras que desconozco por completo y algunas que me niego a asimilar. Sí, imagino que como todos los demás hago oídos sordos a las advertencias muchas veces, y aparto la mirada cuando sé que lo que voy a presenciar no me va a gustar, como si pudiera evitarlo, como si fuera un niño pequeño y pudiera solucionar algo con una rabieta.

Es inevitable; Septiembre cierra sus puertas y diremos adiós a las soleadas tardes en las terrazas, en las que el tiempo parecía no tener permiso para seguir transcurriendo, a los baños nocturnos en el mar, a fumarnos ese cigarrillo a medias después de hacer el amor sudorosamente, con el calor de una noche que no daba tregua haciéndonos partícipes de su razón de ser. 

Diremos adiós; nos diremos adiós al fin, aunque en realidad tú ya lo hiciste hace mucho, me temo. Van quedando atrás tus besos y caricias, muy atrás; demasiado. Pero ahora lo sé: nos estamos yendo, y esas miradas tuyas no volverán. Simplemente, no volverás. Ya dejé de hablarte, de esperar una aparición sorpresa por tu parte, un susurro que llevara mi nombre. Ahora, al fin, puedo escribirte sin pesar, sin que un tembleque se apodere de mi pulso y me arruine la caligrafía. Puedo pensarte sin seguir añorándote, porque he comprendido que no fuimos ni seremos, que quizá no volveremos a vernos.

Septiembre te alejará de mi lado, de mi vista y mis suspiros. Adiós, Septiembre, adiós, querida amiga. Aun así nos seguiré recordando con alegría, con una pizca de melancolía, pero regalaré a otra persona todos los sueños que te había reservado, todas las palabras que me había guardado, las que nunca te dije, y todos los besos que no pude darte. 

Quedamos grabados a fuego en una noche ya inmortal, y ahí permaneceremos, hasta que nos remplacemos por otros con el tiempo, con suerte, con un par de milagros y coincidencias de por medio.  

27 de septiembre de 2016

Reseña de 'Tan poca vida', de Hanya Yanagihara


El  pasado 15 de septiembre llegó a las librerías españolas la novela Tan poca vida, la segunda obra de la autora Hanya Yanagihara, escritora californiana de ascendencia hawaiana y coreana. En Estados Unidos y Reino Unido cosechó un éxito inmediato, haciéndose viral a través de fuertes campañas publicitarias y arrasando ante la crítica literaria de los mejores periódicos y revistas del país. Su primera novela, 'The People in the Trees', pasó sin mucho revuelo, pero sin duda con su regreso al panorama literario ha conseguido dar un tremendo giro a su carrera. 

Tan poca vida es una novela de más de mil páginas en su versión española que nos guía a través de las vidas de cuatro jóvenes en Nueva York: Willem, JB, Malcolm y Jude, siendo este último el verdadero protagonista. La historia retrata las distintas etapas de su amistad, que va desde los veinte años hasta más allá de los cincuenta. Podría parecer cualquier novela que basara el grueso de su trama en el valor de la amistad, explorando sus recovecos, sus dificultades y maravillas, aunque ya desde el inicio la autora nos da unas leves pistas acerca de lo poco común de esta historia. Y esto es porque la vida de Jude, desde sus inicios, está marcada por el dolor y el sufrimiento, y este es el auténtico tema de la novela, más allá de la amistad, el amor o el crecimiento: el dolor en sus distintas formas, ya sea físico, emocional o psicológico. 

La autora ha sido alabada por explorar y diseccionar la masculinidad con maestría, la evolución de la vida de un hombre, sus miedos, sus inquietudes y deseos, pero más que esto, Hanya ha realizado una visceral autopsia del dolor que reconcome y destroza a su principal protagonista. Muchos se han quejado de la longitud de la obra, y quizá tengan en parte razón, porque la misma historia podría haberse contado con doscientas páginas menos. Alargándola tanto solo consigue repetirse en fases que giran, habitualmente, en torno al sufrimiento del protagonista, haciendo énfasis en él, repitiendo sus agonías, sus momentos de debilidad, sus caídas y posteriores levantamientos; hurgando en la herida. Con ello consigue agotar mentalmente al lector, hacerle sufrir a él también, mostrarle más dolor tras la vuelta de la esquina cuando creía que solo un ápice más sería ya imposible, así que la largaría de la obra quizá se deba a su deseo por hacernos más mella todavía, si cabe. 

Sí, como se ha dicho también, es una novela que, a pesar de leerse con facilidad, es densa, profunda, oscura y muy dura. Repleta de partes emocionantes, de tensión, de giros inesperados, de fragmentos de extrema belleza y otros de desmedida dureza. Con un estilo bastante directo y una pluma eficaz, que solo se permite dejarse llevar en algunas descripciones y a la hora de elaborar metáforas que ayuden mejor a esbozar lo que sienten y padecen los personajes, Hanya relata con gracilidad más de cuatro décadas de sus vidas, con una gran cantidad de sucesos y de personajes secundarios que enriquecen la trama y las historias de cada uno, lo cual no es fácil. Es lo que ocurre con una obra tan larga: que nos permite asistir a tantos momentos de sus protagonistas que, al acabar, hemos empatizado con ellos y nos parece conocerlos en profundidad. 

La otra cara de la moneda, respecto al dolor, es que cuanto más veces lo padece su protagonista, por cada vez que se caiga, tendrá que levantarse, así que a pesar de la indecisión que lo posee y lo introvertido que es, puede considerársele un luchador nato, por lo que podría etiquetarse también esta historia como una de valentía y superación, de lucha ante las mayores complicaciones e injusticias de la vida. Veremos en ella cómo Jude lucha contínuamente contra su compleja psicología, hostil hacia sí mismo, y asistiremos con él a la ardua búsqueda de la felicidad, tan utópica en ocasiones. 

No creo que sea una obra maestra, como muchos aseguran, pero sí una gran novela que debería leerse, más teniendo en cuenta que el panorama literario actual no ofrece muchas obras de esta índole, aunque siendo un poco más breve creo que podría haber brillado todavía más. 

Hay muchas frases y fragmentos memorables, y Hanya da en el clavo a la hora de resumir aspectos esenciales de la vida en unas cuantas palabras, lo que siempre es un gran acierto. Podría quedarme con muchas de estas pequeñas partes, pero si tuviera que escoger una, sería la siguiente, con la que cerraré la reseña, por su brevedad, hermosura, simplicidad y significado:

"... había cumplido ochenta y nueve años, y sus ojos oscuros habían adquirido ese gris innombrable que solo se veía en los más jóvenes y los más ancianos: el color del mar del que se proviene, el color del mar al que se regresa."

7 de septiembre de 2016

Fóllame


Eso es, sin más; fóllame sin dudas, sin preguntármelo previamente, solo hazlo una jodida vez. 

No me des tregua ni cancha, solo fóllame hasta el amanecer o hasta el anochecer, o hasta que ardan mis huesos, si te place, y destrúyeme con tu cuerpo, hazme sudar, rabiar, sangrar y desear solo un polvo más, hasta que olvide qué son el hambre y la sed, hasta que el reloj estalle bajo el peso de la cama y desaparezca el tiempo. 

Ven a verme ahora mismo, que yo te esperaré escribiendo y fumando, pero corre, que ya apenas queda tinta en mis venas. Ven ahora con ese tanga negro y nada más, ese que tan loco me vuelve, ese que saca al animal que llevo dentro y al amante que murió hace tanto, pero ven ya y fóllame, que no soporto más la ausencia de tu piel sobre la mía. 

Solo quiero que me quemes otra vez, por Dios, así que ven ya o tendré que cometer crímenes terribles. Ven y lo haremos hasta reventar la cama, luego en todas las mesas, en la cocina, en la ducha y en el coche; ven y follaremos en el armario si quieres, dentro, contra él, sobre él y también debajo, ya hallaré el modo si así lo deseas, pero ven y fóllame hasta matarme.

Ven y rescátame que yo llevaré una botella de Jack Daniels y nos iremos a bebérnosla al mar mientras nadamos desnudos y follamos toda la noche, hasta que los pescadores nos denuncien cuando arraigue el alba. 

Decías que yo era un ser complicado y atormentado; quizá lo segundo sea cierto, pero lo que te pido es bien sencillo. Ven vistiendo ese body tan sexy que hace que quiera arrancártelo a bocados, para así con suerte llevarme también algo de tu piel, tu carne y tu esencia a mis entrañas. Sabes que solo te deseo a ti, desde los pies hasta el último de tus cabellos, así que llévame al cielo de una puta vez y no me hagas sufrir más, te lo ruego. Solo el perderme en tus curvas me llevará de vuelta a la cordura, así que corre y fóllame antes de que beba hasta morir.

Sabes cómo soy, así que ven ya, follemos y luego léeme tus poemas mientras te observo y juzgo sentado en la sombra, semi desnudo, con el pelo alborotado y la piel arañada, con las gafas de sol puestas para esconder mi fuego y sosteniendo un cigarrillo humeante en la comisura de los labios, levantando una ceja e intentando poner cara del malo de la película, aun cuando sabrás perfectamente que amaré tus palabras y me estaré derritiendo por dentro y solo desearé abalanzarme sobre ti y morderte en todas partes, hasta hacerte gritar, ya sea de placer o dolor, me da igual, lo que quiero es que brilles; oh sí, eso sería maravilloso, así que ven corriendo y ya nos correremos juntos después, pero ven ya a mi encuentro en esta noche desesperada.

Ven y follemos hasta olvidar lo que leímos de Miller y Bukowski y escribamos nuestras propias epopeyas sexuales sobre la piel del otro. Por Dios, que me encarcelen ya mismo si miento al decir que mataría a todos mis vecinos y sembraría el caos en las calles, derribaría el sistema establecido por echarte solo un polvo más, largo y tendido, por morder tus pechos mientras me cabalgas con furia y por hacer un sesenta y nueve hasta que nos corriéramos simultáneamente, el uno sobre el otro. 

Solo pienso en tu abdomen hinchándose con cada bocanada de aire para recuperar el aliento; todo tu cuerpo convulsionando con cada sacudida, estremeciéndose por los relámpagos que me destrozan la espina dorsal. Tu vagina ensanchándose a mi paso, mojándose cada vez más, tus piernas temblando irremediablemente al final y tu lengua deleitándome en cada principio. Joder, si todo es magia y maravilla.

Ensuciemos la habitación entera, hagamos que huela a sexo durante meses y dejemos manchas en las sábanas, las únicas cómplices de nuestras salvajadas. Siéntate en mi cara y deja que te coma, que te estruje y apriete hasta cortarte la respiración, vuélveme loco de deseo y deja que rompa todas tus prendas para que así nunca más puedas vestirte y privarme de la visión del paraíso. 

Se me va la cabeza, sucumbo a la locura, al deseo irrefrenable que me posee de pies a cabeza. Creo que si nos volvemos a ver nos mataremos follando, cometeremos algún tipo de suicidio colectivo o haremos algo estelar, alguna barbaridad irreversible, pero es la duda lo que me consume y extingue, así que ven, ya sea de noche o de día, y follemos hasta olvidar nuestros nombres, que somos seres humanos y hasta que nos creamos estrellas fugaces quemando con su paso el firmamento que recorren (cuando follamos los dos, sin preguntas, consecuencias y complicaciones, solo cuando follamos sin más, que ya es decir mucho).

Creo que he olido desde aquí la esencia salvaje que solo puede pertenecerte a ti, así que dejo esta locura y ahora voy a abrirte la puerta, para que al fin follemos como nunca debimos dejar de hacerlo. Luego, si eso, ya te leeré este disparate para seguir haciéndolo después; eso si no nos da por follar en esta misma mesa y acabamos destrozando la máquina de escribir con alguna sacudida. 

Pero ya no me importa nada, solo ven, y date prisa. 

4 de septiembre de 2016

Aquel que escribía por amor


Siempre reaccionaba de maneras similares cuando le decían aquello; unas veces se encogía de hombros, otras desviaba la mirada, pero todas encerraban el mismo significado: no entendía por qué se lo decían, por qué le decían que era valiente al hacerlo. Simplemente no lo consideraba así. Puede que fuera por los tiempos que corren, por cómo ha cambiado todo con el paso de los años o por cómo suelen ser las personas actualmente. Le decían que era valiente por enviarle una carta de amor a alguien.

Quizá por volcar en el papel lo más absolutamente sincero y desnudo que albergaba en su interior, o por el atrevimiento de hacérselo llegar, por la reacción al leerlo, por la posible negativa o por abrirse a alguien de un modo tan puro, sin barrera alguna, dejando bien claros sus deseos, anhelos e intenciones. Pero no, él no lo veía valiente, sino lógico. 

Era lo normal, porque uno ha de decir lo que siente y él lo hacía aunque empleara ese método casi olvidado como último recurso. Cuando no quedaban acciones por realizar, cuando creía haber expulsado todas las palabras que su mente había tratado de ordenar correctamente en el momento más crucial de todos, entonces tomaba aire y se sentaba a escribir. A escribirle a ella.

Si todo estaba ya perdido o tenía escasas posibilidades, ¿qué más daba? Él pensaba que cuando uno quiere algo realmente, cuando de verdad lo desea, va a por ello, no hay más. Lo mismo con la persona amada o deseada. No había nada que cavilar, simplemente tenía que hacerse; y no porque lo pidiera la mente, no, porque ella ya había jugado y perdido, y de hecho si intercediera probablemente trataría de disuadirlo, pero no. Lo hacía porque se lo pedían el corazón, el alma y las entrañas. No había dudas, miedos o tartamudeos; solo decisión y la mano presionando firmemente la pluma sobre el papel.

No entendía qué ocurría en la actualidad con aquello de hacerse de rogar, de hacerse el difícil o el interesante, o sencillamente de acobardarse ante las mejores oportunidades que ofrece la vida. Creía firmemente que ciertas cosas tenían que hacerse o decirse, no hay más. Destriparse sobre el papel para mandar una carta de amor a la persona amada o deseada, para intentar conquistarla, retenerla o animarla a emprender un nuevo camino cuando la ocasión merecía realmente la pena. Sin lugar para las inseguridades. Porque el espacio puede acortarse y el tiempo moldearse; las personas hacemos milagros cuando queremos.

Él ya había sufrido por tener en el cuerpo unas cuantas espinas clavadas, unos cuantos “Y si…” que nunca obtuvieron respuesta, y no pensaba coleccionar ni uno más. Una vez escribió en una de sus historias: “Porque el no intentarlo es el fracaso anticipado”, y así lo creía, y jamás volvería a fracasar en nada por no intentarlo ni se quedaría con las malditas dudas. No había problema en hablarle a alguien cuando fuera, en decirle “Me gustas” o “Te quiero” o “Estás preciosa”, y robarle un beso en el momento adecuado. No, porque justamente eso era lo correcto.

Le decían que era valiente por, escribiendo por amor como último recurso, llegaba siempre hasta el final, intentaba todas las vías posibles antes de rendirse. Lo que nadie sabía es que estaba cansado de llegar a tantos finales sin hallar nada en ellos. Porque sí, la literatura también fallaba. Pero aun tras tantos golpes, desilusiones, la pérdida de la esperanza y el desasosiego, cuando regresaba el momento, aun sin ilusiones, lo volvía a intentar, volvía a escribirle a esa persona especial. ¿Por qué? Por la misma razón que lo hacía siempre: porque no intervenía la mente, y más que una decisión era una imperiosa necesidad vital. 

Necesidad de hablarle de verdad, quizá por última vez, y no con el lenguaje de los hombres, sino con el del alma: la escritura. Porque las palabras son olvidadas, llevadas por el viento, pero lo que está escrito permanece.

Pero a pesar de todo, como decía, no solía funcionarle, ya fuera para enamorar o para retener a la mujer amada o deseada. Pero, claro está, no solo escribía por amor en esas circunstancias, porque a la mujer que le correspondía también le escribía. No tenía que convencerla, enamorarla o conquistarla porque ya lo estaba; lo hacía porque la quería, y para recordarle quiénes eran, quién era él y sobre todo quién era ella, y por qué la había elegido de entre todas las demás. Nunca consideró valiente escribirles por amor, solo sincero, vital y necesario. 

31 de agosto de 2016

Un final, que no un adiós


Es inevitable, las cosas tienen su finitud y siempre llega el final de algo, pero por suerte nunca es un último adiós, esos tan odiosos e indeseados. Pero sí, aquí hay algunos pequeños finales condensados en uno solo. El final de un verano que casi nos ha absorbido, el final de una temporada, de una etapa; cada cual que lo nombre como desee. 

Este mismo blog tiene poco más de un año; el final de su primer año ha llegado y ya ha comenzado el segundo. En este sentido, por suerte o por desgracia, nada cambiará, porque seguiré escribiendo y publicando aquí reseñas, pensamientos, reflexiones, vivencias y alguna que otra hostia de la vida, que de eso entendemos todos muy bien, estoy seguro. Y como siempre, dado que estoy libre de toda presión, seguiré publicando cuando me venga en gana, quizá nada en dos semanas, tal vez tres entradas en una sola; esto funciona así –yo funciono así–.

Hay quienes ya se han marchado y por ello se han celebrado diversas despedidas, unas más alegres y otras más melancólicas, porque al fin y al cabo es inevitable no entristecerse un poco, por mucho que nos ilusione el futuro y lo que nos tenga preparado. Esa excitación, esa emoción de lo nuevo, de la aventura, tintada con el ligero miedo que acompaña a los grandes cambios, es la que mantiene la luz de nuestra esperanza siempre encendida, una que crece día a día y quema las entrañas, ansiando llegarnos del todo. Pero como venía diciendo, algunos ya han desaparecido; unos temporalmente, otros para siempre, y ahora soy yo el que pronto marchará; aunque no del todo, claro, nunca del todo; es solo un final, no El final. 

Atrás quedan ya infinidad de vivencias hermosas y terribles que me han hecho crecer como persona, que me han llevado hasta lo más oscuro y que me han elevado de nuevo como por arte de magia, devolviéndome la ilusión por las pequeñas cosas, los pequeños momentos; por la vida misma. Atrás quedan tardes quemadas al sol de risas y recuerdos, de nostálgicas alegrías que el viento trató de hacer desaparecer pero que el corazón consiguió retener. Noches de calma bajo las estrellas, llenas de conversaciones estimulantes, de miradas que contaban más que las palabras. Noches de caos y ruido, de música y celebraciones, de magia envolviéndonos y haciéndonos brillar y echar chispas. Al final todo se condensa en la memoria; los sucesos, las personas y todo lo que nos transmitían, que por suerte ha sido mucho, tal vez demasiado en ocasiones, pero muy preferible a cascarones vacíos. 

Es ahora cuando todo eso regresa a mí, cuando el café se está enfriando, cuando el humo del cigarrillo consumido en el cenicero comienza a disiparse, cuando me sirven tarde aquella copa bien fría que pedí durante una noche perdida en el tiempo, cuando el rastro del último beso empieza a difuminarse en mis labios, aunque en el recuerdo siga más vivo que nunca. Ahora es cuando las nubes en el horizonte comienzan a disiparse mostrando la próxima parada, la siguiente aventura, el siguiente martillazo del destino que me volverá del revés, que es como muchas veces me gusta estar. ¿Qué hacer? Muy sencillo: estar cada día más preparado, más expectante, más ansioso. Muchas veces he hecho alusión a las puertas, y sí, al fin se han cerrado, todas y cada una de ellas; no quedan ya caminos que andar, no aquí, porque los que ya recorrí sé que seguirán abiertos de por vida, aquellos a los que asocio a la familia. 

Sé que seguirán ahí, y yo con ellos, indiscutiblemente. Esa sensación del hogar sigue palpitando como el primer día, esperando para cuando desee asomarme a echar un vistazo, algunas risas y unas cuantas cervezas más, para en lugar de seguir recordando, continuar creando momentos únicos, como ya hicimos muchas veces. 

Una etapa ha terminado, y toca decir Gracias a todos aquellos y aquellas que la conformaron. Mil veces gracias. A los que me hicieron mejor persona, a los que me ayudaron a descubrir la auténtica realidad del día a día que merecía la pena vivir, y a aquellas personas que me dieron la vida, día y noche, cuando los momentos eran felices y más todavía cuando eran demasiado amargos como para saborearlos en solitario. Muchas gracias. Y también, claro, a todos aquellos que intentaron destruirme, entristecerme o joderme de alguna manera,  -aunque sé que no leerán esto, y es por ello que les dedico un breve espacio, porque esas gentes no merecerían leerlo- solo decir: gracias también, pues sigo aquí, así que jodeos. 

En breves habrá nuevo material por aquí, porque la vida no se detendrá y el mundo seguirá girando, como siempre hace, tras cada golpe, levantamiento, pérdida o amor. Siempre, siempre sigue girando, y es lo que lo hace tan especial: que por mucho que a veces deseemos detenernos, nos obliga a continuar adelante, ya sea para ir en busca de descubrimientos o para regresar al hogar. 

28 de agosto de 2016

Fragmentos de mis realidades con ella


Desperté al amanecer y simplemente la observé, tumbada boca arriba en la cama a mi lado. La luz del alba la iluminaba con sutileza, como si temiera dañarla. Observé cómo su pecho se hinchaba levemente con cada respiración pausada y tranquila. Toda ella era una calma total, su rostro en completa paz con el mundo, una ligera sonrisa esbozada en sus labios. Estaba preciosa. 

No pretendía agradar a nadie, ni destacar. Ni pizca de maquillaje, algún leve rastro de cansancio. Y por eso estaba tan hermosa, porque no pretendía estarlo para nadie salvo para sí misma. Yo sabía que había fuego bajo sus párpados, en su profunda mirada, pero se veía eclipsada por un mar en calma. 

Solo era ella, al natural, dormida, y estaba a mi lado. Así, cada mañana, estaba más guapa que nunca. 

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Emergió de pronto de la más densa oscuridad para alzarse como la última luz que iluminaría mi camino, como la última esperanza de un verano creído perdido, enterrado; como la ilusión que necesitaba mi cuerpo para sanar y mi alma para renacer. 

Desde entonces comprendí que esa ilusión, esa llama que prendió en el centro de mi abismo, es lo que al final necesita cada ser humano para seguir adelante, para creer de nuevo en la vida. 

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Me gustaba no porque fuera muy hermosa, que lo era, ni porque su cuerpo me volviera loco cuando hacíamos el amor, que lo hacía, sino porque era mucho más inteligente que yo, y no insinúo con esto que me considere más inteligente que la mayoría, pero ella conocía muchísimas cosas, sabía de muchos temas, y en los que yo podría considerarme un experto ella lo era aún más y eso hacía que la deseara con locura, porque con una conversación larga y tendida conseguía romper todos mis esquemas, volver todo mi mundo del revés, y no existe nada físico en este u otro mundo que pueda golpear más fuertemente que eso. 

Toda ella me embaucaba sobremanera, pero esa mente suya era lo que me maravillaba, me descolocaba y me enamoraba. Era mi perdición guardada en un precioso estuche, y gracias a la suerte de la vida podía abrirlo cuando quisiera, que era en todo momento. 

23 de agosto de 2016

Somos nuestras ausencias


En  muchas ocasiones la gente suele decir que somos lo que hacemos, o aquello que hemos conseguido. ¿Pero qué ocurriría si esto no fuera así? Bien podría plantearse al revés. Porque, ¿qué sucedería si en realidad fuéramos nuestras ausencias? 

Tenemos una concepción sobre la vida que nos dice que nacemos sin nada y paso a paso, día tras día y año tras año vamos consiguiendo cosas, construyéndonos a nosotros mismos, nutriéndonos de nuestro entorno y de los demás, pues también suelen decir que somos los que nos rodean. Quizá podría ser al contrario, naciendo con todo e ir perdiendo a lo largo del camino. No seríamos, entonces, todo aquello que hemos conseguido, sino nuestras pérdidas, nuestras faltas y ausencias, como veníamos diciendo. 

Muchos pensarán que esto es triste, amargo, pero no tendría por qué ser así. Quizá Scott Fitzgerald dio en el clavo en cierta manera con su relato, una especie de vida y “crecimiento” invertidos. Las personas podríamos ser como el proceso de elaboración de una escultura. Cuando naciéramos seríamos como un gran bloque de mármol, informe, sin personalidad, sin anécdotas, sin vivencias… Tendríamos todo, pero también en ese conglomerado entraría lo malo, porque las ausencias no tienen por qué ser siempre negativas; en ocasiones logramos desprendernos de aquello que nos hacía daño, que nos hacía peores y mejoramos como seres humanos. La vida nos iría esculpiendo poco a poco, a veces con suavidad y otras con dureza, en ocasiones con leves toques y en otras con contundentes martillazos que nos dejarían descolocados, pero al final de nuestra existencia no seríamos otra cosa que la hermosa escultura terminada, en su forma final. 

No es descabellado al fin y al cabo, porque a lo largo del recorrido sí vamos acumulando pérdidas. Logros, bienes materiales, personas… Es una pérdida tras otra, una ausencia tras otra, y aprendemos a vivir con ellas –o sin ellas– y eso nos hace más grandes, nos hace crecer como personas. Y al final, lógicamente, tenemos la gran ausencia, la muerte, que es la vida arrebatándonos la propia vida, privándonos de ella misma y dejando una imagen fija de nosotros, tanto físicamente como en la memoria de los nuestros, una inmortal que ya no mutará nunca más porque, para nosotros, el tiempo habrá dejado de existir. Y ahí estaremos, como una escultura en su forma final. 

18 de agosto de 2016

Reseña de "El océano de la memoria", de Paloma San Basilio

Paloma Cecilia San Basilio Martínez, más conocida como Paloma San Basilio, famosa cantante y actriz, nos presentó hace unos meses su primera novela, "El océano de la memoria", una obra que entremezcla distintos géneros al verse su trama desarrollada a lo largo de distintas décadas y en distintos países simultáneamente, siendo así una especie de novela romántica con fuertes tintes históricos. 




















La  protagonista y la que nos contará la historia en primera persona es Alba, la primogénita de los Monasterio Livingston, una familia de clase alta asentada en Cádiz con raíces inglesas. Paloma San Basilio esboza con habilidad un sinfín de personajes, los de la numerosa familia y también los que ocupan una parte importante en sus vidas, la gente que tienen siempre a su alrededor, así como aquellos que tienen un menor peso en la trama y los que con frecuencia entran y salen en sus vidas, como ocurre en la realidad. 

Con un rico léxico y unas descripciones muy detalladas y elaboradas, tanto de personajes y escenarios como del desarrollo de los sucesos nos hace ver, como si fuéramos un protagonista más, cómo el tiempo va transcurriendo inexorablemente para todos y cada uno de ellos. Vemos a los personajes evolucionar, crecer y envejecer en un marcado contexto histórico; un buen acierto de la novela, la extensa documentación que hace posible la descripción de los hechos que marcaron a nuestro país y al mundo entero en las décadas que abarca, que están bien presentes en la historia y que ayudan a organizar, situar y enriquecer los hechos que se nos narran con una gran cantidad de referencias.

Es bien sabida la dificultad que entraña elaborar una trama que se desarrolla en un tiempo tan amplio, pues el ritmo y la velocidad a la que avancen los hechos marcará la rapidez con que se lea la novela y los detalles que incluirá, pues cuanto más se abarca, si no se quiere escribir algo interminable, más rápidamente y con mayor maestría deberá narrarse, para no pasar superfluamente por las escenas y para que no sea pesada para el lector. En este sentido encontramos un equilibrio bastante óptimo, pues aunque sucede algunas veces, rara vez solemos tener la impresión de que todo avanza a ritmo acelerado, y por el contrario Paloma tampoco se detiene demasiado como para que la lectura resulte tediosa. Aun así en algunas partes sí se explaya más en los detalles, en sus minuciosas descripciones, tornándose quizá muy recargadas, lo que ralentiza el avance de la trama y hace que la novela sea algo más larga de lo que debería para lo que nos cuenta. Como punto positivo, tenemos la sensación de que hemos presenciado una enorme cantidad de vivencias en los protagonistas, en muy distintos escenarios y desde distintas perspectivas, lo cual enriquece la obra.   

Lógicamente gustará más a los aficionados a la novela romántica, o de un drama con fuertes tintes románticos y la melancolía que suelen traer consigo las historias de amor que encuentran dificultades para salir adelante. Existen buenos giros de argumento que atrapan la atención del lector y lo obligan a seguir leyendo, manteniéndolo enganchado, y el interés raras veces decae en demasía. Si el lector gusta también de aventurarse a través de la historia, tendrá aquí un plus para sumergirse en la lectura. 

No ofrece una trama muy novedosa e impactante, sino que se mantiene en los estándares del género, lo que puede echar para atrás a más de uno, pero el lector habituado a estas historias encontrará una lectura amena, rápida y entretenida. En resumen, "El océano de la memoria" es una novela correcta, y siendo la primera de la autora, una obra notable a tener en cuenta para los amantes del género. 

13 de agosto de 2016

Aquel primer verano; aquella noche
























Las garras de arena me envuelven, rodeándome el cuello, obligándome a luchar por respirar. La brisa de fuego no es capaz de salvarme, ni sanarme. Es la sensación del verano, de uno pesado que ya había pasado.

Oh sí, recuerdo aquel primer verano durante el que nos conocimos. Cómo olvidarlo.

Rememoro, cada vez que cierro los ojos, aquella ola de calor, unos fuegos artificiales quizá imaginarios, puede que interiores, una fotografía de la inmortalidad y unas miradas robadas, acusadoras. 

Sí, aquel verano; lo recuerdo como si fuera ayer y puede que lo fuera. Al fin y al cabo el tiempo es extraño. El tiempo, para mí, no es más que el infinito conteniendo horizontalmente un reloj de arena que almacena las aguas de todos los océanos, y en su ola más elevada, una botella. Tarea nuestra es descubrir qué alberga.

Entonces sí, sería probable que la ola que nos cautivó aquella noche estival rompiera justo ayer, en este u otro mundo. Señor, cómo me gustaría verla romper infinitas veces y bañarme a diario en su espuma; pero me temo que es imposible, nadie quiebra el cristal de ese reloj, nadie vuelve atrás en el tiempo ni se mantiene en él.

No mentiré, no sobre el papel. Que se joda el tiempo, lo único que ocurre es que te echo de menos, nada más, de ahí mis divagaciones. Solo quiero repetir esa noche una y mil veces más, perderme en ella, cada vez por un sendero distinto, ahondando en sus posibilidades. Nada, nada más me importa lo más mínimo. 

Sigo sintiendo esas garras de arena apretándome fuerte, y no me dejan ir; yo solo quiero huir, correr, volar. Solo quiero tus labios; dame uno, solo un beso más, y en ese caso dejaré que me estrangulen. 

Cuántas cartas quemadas en la hoguera, cuántos papeles arrugados, gritos ahogados y fragancias disueltas en los vientos del recuerdo.

Me mostraste el camino correcto, me enseñaste el nombre de cada estrella en esa noche que deseé que nunca acabara; me susurraste el secreto de la vida para marcharte después, supongo que para volver a brillar más que nunca. 

Llámame loco, joder, lo estoy. Llámame amante, joder, lo fui, efímero y vulnerable, inocente y soñador. Un amante de las noches ebrias, de los besos húmedos, robados a escondidas, de las estrellas fugaces como tú, de la tinta derramada sobre las páginas, pero no de las historias a medias; sí de los principios complicados si comportan finales mágicos. Amante de las suertes de la vida. 

Amante de la gran broma pesada que es el día a día, pero creo que ya ha durado demasiado, que termine, ven y acaba de contarme aquella historia, aunque ya sepa cómo termina. Aquel primer verano, ¿o fue aquella primera noche? Ya no estoy seguro; demasiadas cervezas o demasiadas páginas manchadas, que suele ser lo mismo.

Estas garras no pueden seguir sujetándome, no mientras le grito al mar y a las olas, desesperado, pidiendo, rogando que me devuelva aquella botella que nunca llega. Pronto me iré y me pondré de nuevo en marcha, porque cuanto antes dé la vuelta al mundo antes volveremos a cruzarnos en aquel verano, aquella noche. 

Volveré a escoger aquel trabajo, a tomar aquellas cervezas en la terraza de un antro una tarde cualquiera, gritaré de nuevo de alegría una noche en la playa. Volveré a emborracharme nadando desnudo en el mar, lo haré todo igual, pero vuelve a decirme entre susurros cómo me ves, qué vas a hacer. Yo volveré a disimular que puedo soportar el ansia y el deseo, aguantar un poco más, y después volveré a apoyarme en el capó de aquel coche, encerrándote con mis brazos, para robarte unos cuantos besos antes de que salga el sol, aquel que nunca quise volver a ver mientras permanecías a mi lado.

Ahora es ese sol el que me abrasa, dorando mi piel, y nunca se va. Tendré que ponerme en marcha, el mundo es muy grande cuando uno se siente cansado. Es una gran y corta historia, pero el camino para llegar hasta ella es igualmente longevo y azaroso, así que requiere esfuerzo y decisión. 

Doy el primer paso.  


11 de agosto de 2016

Oda al anhelo




Si  tuviera que temer a algo sería a su ausencia, porque ya no temo a la página en blanco, a la inmovilidad de mis dedos sobre las teclas, ya que ella consiguió aniquilar ese y todos los demás miedos que pudieran poseerme; salvo el de su pérdida. 

Ahora fluyen libres mis pensamientos al igual que lo hicieron nuestros movimientos, nuestros cómplices actos aquella noche que la memoria se empeña en arrastrar al olvido. Al menos, por ahora, todavía puedo recordar los detalles: la tremenda ola de calor estival que nos golpeó como un martillo cuando abandonamos la casa, después de una cena copiosa, cuatro risas y unas cervezas de más. Recuerdo con claridad el bullicio de la calle a aquellas horas, las idas y venidas de la gente, nuestras esperanzas y ansias; pero sobre todo sus andares despreocupados. Todavía puedo recordar su mirada de ojos oscuros indagando en el ambiente, clavándose en mí de vez en cuando, inocentes y llenos de misterios indescifrables que yo anhelaba descubrir. Su cabello corto color azabache ondeaba en la brisa de fuego y su fragancia, su particular aroma, llegaba hasta mis sentidos en forma de ilusión y nostalgia, como el perfume de lo efímero, de la desesperada fugacidad de aquello que se encuentra cuando nada se busca y nada se espera, salvo el amanecer de otro día como los demás, carente de sentido. 

Me pregunté después de conocerla si es posible añorar algo que jamás se ha tenido, porque yo lo sentía; es extraño, pero desde entonces sigo preguntándomelo cada día, cuando aún espero recibir noticias suyas de un momento a otro, cuando todavía espero verla aparecer tras la primera esquina, esbozando esa sonrisa que me embauca y llevándome de la mano a cualquier rincón de la ciudad que nos admita, para tener una de nuestras conversaciones y así poder escucharla hablar durante horas para cerciorarme de lo que ya aventuré en nuestras primeras charlas: que cuanto más la escuchaba hablar, con cada palabra que pintaban sus labios en el aire, más me gustaba y hechizaba. 

¿Cómo olvidar todo eso? Es imposible, y de no serlo sería una cuchillada a la vida misma, un crimen imperdonable; algo por lo que dejar de existir. No, uno no puede olvidar una de las pocas veces que, con la suerte de un azar favorable, logra volar como las aves, desprenderse de sus preocupaciones y sentir la vida como siempre tendría que haber sido.

No, no puedo obviar las fantasías ocultas en el agujero negro de sus ojos, ese que me atrajo y atrapó como un terrible vórtice de placeres prohibidos. Sería inmoral olvidar el tacto de sus manos sobre las mías, acariciándome suavemente y haciéndome vibrar con algo tan simple y puro. Y lo peor, o tal vez lo mejor, es que tampoco querría hacerlo, olvidar. 

Prefiero el anhelo, la agonía de la espera o la soledad, de las ilusiones resquebrajadas rasgándome el alma, antes que ceder ante un sencillo olvido. Prefiero sufrir, en este caso, con tal de mantener su imagen lo más vívida posible en las capas más fuertes de mi memoria, las únicas que podrían albergarla. Elijo ese anhelo capaz de destruirme más fácilmente que un incendio prendido directamente a las puertas de mi corazón. Daría todo cuanto tuve, tengo y tendré por besarla una sola vez más. Escogería una sola noche más con ella antes que la vida eterna. ¿No sería eso suficiente? ¿No podría dar todos los amaneceres que me quedan por verla una vez más, por escuchar su voz y el sonido de su risa? Yo mismo me arrancaría las entrañas por rozar sus labios rojos y sensuales una última vez. ¿Cómo, entonces, podría llegar a olvidarla estando dispuesto a entregarme de tal forma? Sería ridículo. 

Por el momento solo sé que los días transcurren pesados, con lento devenir y sin darme cuartel para cualquier acto que no consista en anhelar su presencia, respirarla en cada ráfaga de aire, verla en cada hermosa puesta de sol y beberla en cada trago de alcohol, almacenado en botellas sin etiqueta y cuyo fondo no alberga respuesta alguna para mi desasosiego. Qué hiriente esto del anhelo, de llenar páginas y páginas echándola de menos, escritas con palabras incompletas, faltas de la inspiración que surge al verla brillar.

Soñaba con ver las estrellas reflejadas en su piel desnuda, enseñándome el camino hacia la felicidad, y con pasar largas tardes juntos paseando por la playa, para finalmente abalanzarme sobre ella y hacerle el amor en la arena, con el sonido del oleaje como único testigo de nuestra pasión, de nuestras penas sanadas y nuestra soledad abrasada. 

Quisiera que estas palabras fueran mi última canción desesperada, para poder abrazarte cada vez que sintiera de nuevo el impulso de añorarte. Quisiera que estas letras fueran la última oda a la tristeza, a la desesperación, al anhelo y a la locura por no saber dónde andarás y por qué no hubo respuestas a las preguntas que se me escaparon con un grito ahogado cuando entendí lo que ocurría. Quisiera muchas cosas, pero las cambiaría todas por tu boca. Y solo en caso de que me lo pidieras escribiría; escribiría hasta que me sangraran los dedos, lo haría hasta morir, porque cuanta más tristeza plasmara en el papel más alegría albergaría mi corazón. 

20 de julio de 2016

Tiempos extraños


Ya casi ha pasado un año, así, como si nada; como un flechazo, en un parpadeo, un solo instante fugaz. En breves tocará escribir algo para recordar que este proyecto lleva casi doce meses existiendo, con sus más y sus menos, con su en extremo variable constancia –soy así, solo escribo cuando me apetece, me nace, y soy constante solo cuando el día a día me lo permite, que últimamente es pocas veces–. Pero bueno, aún falta un poco, un mes aproximadamente, así que ya llegará ese texto. 

Corren tiempos difíciles, de grandes cambios, de aventuras –como siempre– algo más escasas pero más aceleradas si cabe, más efímeras… Muchas cosas penden de un hilo, y en poco tiempo se cortará y las cosas cambiarán, probablemente para siempre. Son tiempos extraños, colapsados, agobiantes por un calor que no nos da tregua y por una cotidianidad que golpea día a día con fuerza. Parece que todo lo establecido se está desmoronando para desembocar en caos, pero sin duda este traerá un nuevo orden que fácilmente se erigirá como un mejor presente. 

En ocasiones pienso que todos acabarán perdiendo la cabeza, pues los comportamientos cada vez son más extraños. Cada vez nos preocupamos menos de acabar lo que tenemos entre manos, de cerrar esa puerta que seguía entreabierta; cada día se escriben menos cartas de amor y surgen más palabras de odio, de rabia e incomprensión. Puede que sea el mundo que se esté yendo a la mierda y nos esté arrastrando a todos, pero mientras quede un solo clavo ardiendo al que aferrarse, resistiremos. 

En estos momentos me vienen a la cabeza demasiados recuerdos, demasiadas personas cuya estela se va dispersando, demasiados instantes que con el paso de los días se van ahondando en la memoria, y quizá fuera mejor que no lograran resurgir. Otros, sin embargo, deberían permanecer siempre a flor de piel por lo que fueron, por lo que siguen siendo. Me vienen a la memoria despedidas en cafeterías a medianoche, noches enteras transcurridas en plazas, el tiempo deteniéndose en avenidas, mañanas radiantes después de una terrible lluvia en que los campos brillaban más que nunca. 

No es de extrañar que muchos de esos momentos que permanecen en la memoria acontecieran bajo la atenta mirada de la luna, lo cual me recuerda unos versos de Houellebecq:

En la mañana, casta y tranquila,
La esperanza que pende sobre la ciudad
Sopesa si alcanzar a los hombres.

(Cierta clase de alegría
En mitad de la noche
Resulta preciosa.)

Preciosas fueron, sí, y no solo esas alegrías. Solo esperemos que esa esperanza nos alcance, porque al final todos acabaremos en nuestro lugar y algunos quedaran bendecidos, otros malditos. Qué extraños tiempos y qué extrañas personas, y nadie sabe si habrá que arrepentirse por algo, si alguien nos recordará o caeremos en el olvido, si las cosas tendrían que haberse alargado solo un poco más o si desearán habernos dado más y haber aprovechado ciertas oportunidades cuando en lugar de ello la indiferencia fue la protagonista. Por suerte un servidor tiene la conciencia bastante tranquila, que no es poco.

Pero no más recuerdos por hoy, ya llegará ese tiempo, pues aún no es el momento. Los párpados me pesan y me recuerdan a las madrugadas de escritura, al alba tiñendo los cielos un día más y a todo lo que está por llegar. Solo un breve descanso antes del último sprint. Durmamos ahora y dejemos que estos tiempos difíciles pasen fugaces como pasaron los mejores días y las más increíbles noches, porque lo mejor palpita ya a la vuelta de la esquina; y no tardará en llegar. 

16 de junio de 2016

Desde el cubil #4: el "peligro" de la comodidad laboral

Puede que el título que encabeza este texto sorprenda a más de uno, y también que la palabra “comodidad”, como aquí, no vaya entrecomillada, pero tampoco pretendía abusar. El motivo es que ni se trata de un peligro ni de una comodidad, no en el estricto sentido de la palabra al menos, pero encierra más significado del que pueda parecer. 

No sería descabellado asegurar que con los tiempos que corren el trabajo sea una de las cosas más importantes en la vida y más difíciles de conseguir para algunos. Es lo que nos ha tocado vivir. La situación laboral no deja de estar jodida, y muchos al encontrar empleo lo comparan con un milagro; quizá no sea para menos. Pero sabiendo todo esto no dejo de sorprenderme al escuchar algunos comentarios, y lo que más despierta mi curiosidad es que no se trata de quejas. Puede que como en otras ocasiones, la duda que planteo en el texto radique en la frase: trabajar para vivir o vivir para trabajar. 

Muchos de esos comentarios vienen de mis compañeros de trabajo. Este, básicamente, se resume en estar toda la noche –las ocho horas correspondientes– cargando cajas que no pesan precisamente poco, y por regla, seis días a la semana. ¿Lo bueno? Se cobra más de la media –al incluir en la nomina la paliza física y la nocturnidad, claro–, pero el sueldo es algo que me parece normal, por lo que no daré las gracias, pues aseguro a cada uno que lea estas líneas que por mínimamente jugoso que pueda parecer, uno se gana hasta el último céntimo, y aun así no sé hasta qué punto está pagado –como tantísimos otros trabajos, por desgracia–, pero los comentarios no giran en torno a esto. Suelen dar gracias por él, pero bueno. Lo que me suscita interés es escuchar a los novatos de veintipocos años recién entrados al curro diciendo que ojalá después del contrato de tres meses consigan que los hagan fijos, pues así tienen ya trabajo para toda la vida. Tampoco es muy descabellado, no es un mal trabajo, pero al verlos y darse uno cuenta de que tienen pinta de haber salido de una de las universidades o institutos más pijos de la ciudad, pues hombre, uno se sorprende.  

Algunos otros tienen claro que solo se trata de un trabajo temporal para ahorrar y seguir intentando alcanzar aquello que realmente ansían, como es mi caso, pero lo cierto es que somos la minoría. La inmensa mayoría querrían jubilarse ya allí, por lo que parece. Muy respetable, por supuesto, pero esto me ha llevado a escoger el título del que hablaba al principio. Dada la complicada situación actual en nuestro país creo que son esa “suerte” y esa “comodidad” el mayor “peligro” para que uno no vea sus sueños alcanzados, para que se rinda, para que deje de luchar. No son pocas las personalidades famosas que dijeron que, antes de hacer otra cosa distinta a lo que realmente querían hacer, preferían morir de hambre. Bien es cierto también que solo conocemos la historia de los que lo han logrado, y quizá muchos se rindieran o por orgullo acabaran muriendo de hambre –hay gente muy tozuda, o valiente, o loca, ya no sé cómo calificarlos–. Pero a donde quiero ir es que por pesado que sea un trabajo, cuando uno lo tiene bien agarrado ya no lo quiere soltar –y tampoco me extraña demasiado–, pero esa condición se erige como el mayor aniquilador de los sueños, el que impide que uno siga arriesgando yendo en pos de la meta que siempre ha querido alcanzar. Algo jodido, sí, aunque no lo parezca. 

Como ya he dicho todo es respetable, y más el tema que trato en este texto, pero quien quiera que me llame loco, pues por poco riesgo que implique el continuar, mi idea no es perderme la mayoría de las noches por asegurarme una comodidad laboral y con ella renunciar a la mayoría de mis planes de futuro. Quién sabe que durará esta etapa, unos meses, un año, pero no más. Después, con un buen colchón y la libertad que comporta, lo seguiré intentando, volveré a caminar dejando atrás este alto en el camino. Unos me llamarán insensato, otros quizá hasta vago, pero después de invertir tiempo y dinero –que no era mío, y duele aún más– estudiando una carrera durante cuatro años y habiendo dedicado mucho esfuerzo a ciertos proyectos personales en los que me volqué en cuerpo y alma, no estoy dispuesto a renunciar a ellos por tener una seguridad económica que me dejará la espalda partida a largo plazo y me mantendrá encerrado realizando una tarea cíclica y repetitiva hasta la saciedad durante cuarenta años, que se dice pronto. Los principios son lo más duro, está claro, y rara vez se empieza haciendo lo que se quiere, pero quedarse para siempre en esa etapa es otra cosa a voluntad de cada uno. 

Tal vez acabe muriendo de hambre, pero cuando esté agonizando no podré decir que no lo habré intentado, porque la vida se basa en eso, en intentar, intentar y volver a intentar, que uno consigue más por pesado y persistente que por azar del destino y golpe de suerte. 

8 de junio de 2016

Por esas noches eternas

Volví a respirar la noche, a escuchar un silencio solo remotamente entorpecido. Volví a perderme en sus fluctuaciones, a contemplar un atardecer sin cerrar los ojos, hasta el final, y a esperar a que las luces del alba volvieran a bañar la ciudad. A cualquier ser medianamente nocturno le será imposible negar la magia que reside bajo un cielo oscuro repleto de estrellas, solo visibles cuando la contaminación lo permite, o cuando uno está lo suficientemente lejos para admirarlas. No podrán negar que algunas de las mejores cosas han sucedido ante su tímida mirada, bajo su luz marchita, durante ese lapso de tiempo que reinicia los días y los cuerpos, dándonos vida y energía de nuevo. 

Nada mejor que esa calma para que uno se dé cuenta de todo lo que tiene, pues los cielos estrellados en ocasiones parecen poder reflejar los soles que contienen nuestros corazones, así como la estela que dejaron las cosas que ya se fueron y los que ya partieron para no regresar. Los sueños y la escritura entrelazan sus dedos para darles forma sobre el papel, para que jamás sean olvidados del todo. Música, ruido, sonrisas y carcajadas, compañía o soledad, buscada o forzada; cada cual lo hace a su manera, o como se le permite hacerlo.

Uno se pregunta en esas largas y apacibles noches a dónde irán las palabras que se lleva el viento, si encontraran el lugar correcto, si hallaran al fin cobijo. Dónde acabarán los mensajes que no obtienen respuesta y las letras de las cartas que arden en el fuego. Muchas preguntas sin contestación son lanzadas sin saber tampoco cuál será su paradero, al no poder verse esclarecidas. Qué ocurrirá, por qué pasó esto o aquello, qué podría haber sucedido o dónde estará a estas horas; son algunas de las más frecuentes, y normalmente el tiempo se encarga de responderlas durante, quizá, otra noche en vela, estemos donde estemos. 

Café, cigarrillos, cerveza o copas, cada uno enjuaga su alma y sus tripas con unos medios, pero al final todos nos hacemos las mismas preguntas, desconocemos lo mismo y ansiamos cosas parecidas. No somos tan distintos al fin y al cabo, pero por suerte siempre sucede algo que nos saca una sonrisa y un brillo en la mirada. Uno no siempre gana por el mero hecho de haber peleado hasta el final y fieramente, pero de un modo u otro acabamos obteniendo algo; quizá nos haya desviado, tal vez nos haya sorprendido, y tanto mejor, pero solemos acabar en el lugar en que debemos estar y con la compañía que nos corresponde. Puede que el azar y la vida misma sepan mejor que nosotros qué debemos hacer y por dónde debemos tirar cuando llegamos a un cruce. 

Y con un poquito de esa suerte todo sufrimiento se verá compensado, y si no con lo que esperábamos, con algo todavía mejor que nos descolocará y nos hará creer de nuevo. Al menos así lo esperamos, no hay otro modo de seguir adelante cuando no hay nada a lo que aferrarse para no ceder ante la tormenta. Y seguiremos brindando por esas noches eternas de las que podremos disfrutar de vez en cuando, de las que nunca nos cansaremos; esas noches en que el calmado oleaje del mar se escucha más furioso que nunca al no hallar barreras, en las que la luna abrasa el cielo y en las que los besos saben mejor que nunca. Esas que, cada vez, nos hacen vivir y sonreír de nuevo. 

6 de junio de 2016

Qué sinsentidos


Qué sinsentido, todo esto. Qué cúmulo de fuerzas, de intenciones, de logros y fracasos. Cuánta energía reunida, cuántas palabras han surcado el viento, llegando a muchos oídos y calando hondo. Cuántos pequeños momentos de alegría y felicidad surgidos de la nada, cuántas carcajadas acumuladas hasta hacernos estremecer y doblarnos por la mitad, temiendo partirnos o ahogarnos al quedarnos sin aliento. ¿Qué les pasa a esos momentos? ¿Por qué de pronto desaparecen todos los males, todos los malos pensamientos, los miedos e inseguridades y únicamente nos concentramos en lo más simple, que es a la vez lo más importante? Creo que si pudiera ser siempre así olvidaríamos todo lo negativo, perderíamos el miedo a la muerte y a la ausencia y renunciaríamos a la búsqueda de cualquier paraíso, porque ya viviríamos en él. No habría guerras ni luchas, no habría desigualdades, ni violencia ni odio. El mundo quedaría semi vacío, pero solo permanecería lo mejor. 

Qué sinsentido esto de la felicidad que va anclada a la simplicidad, de ser conscientes de que quizá nunca logremos trascender, de que somos una pequeñísima parte del todo, y aun así pensar “¡Joder, qué más da, no podría ser mejor!”. Así somos las personas, tan inconscientes, tan libres y alocadas, tan certeras en ocasiones. 

Creo que lo mejor viene cuando logramos desconectar, cuando conseguimos dejar de pensar y dejarnos llevar, dejarnos fluir, sintiendo menos con la mente y más con el corazón. Y no nos engañemos, esa frase no pillará a nadie por sorpresa, pues es muy sencillo escribirla, más aún formularla en voz alta, pero más complicado aplicarla a la vida real, pues rara vez se consigue dejar todo atrás para solo sentir sin pensar demasiado. Puede que solo sea uno de tantos imposibles que perseguimos las personas, pero esperemos que ahora que brilla el sol de nuevo, que las lluvias quedan atrás y el calor vuelve a inundar las calles, esa misma fuerza posea nuestros cuerpos y libere nuestras mentes. Que esta vuele libre y bien alto cuando el cuerpo es castigado; que esta siga soñando cuando pasemos horas encerrados por algún motivo, para sacarnos a nosotros mismos hacia adelante, labrándonos un futuro, cada uno a su manera. 

Nunca nos cerremos las puertas ni nos pongamos barreras, porque solo así, cuando llegue el momento, podremos despegar de verdad. Cuando seamos libres por fin, cuando las metas se vean ya cercanas, a nuestro alcance, esa felicidad volverá a darse en todo su esplendor y simplicidad, y las heridas sanarán y las cicatrices pasarán a un segundo plano. Volveremos a reír, volveremos a vivir momentos tan pequeños que se tornarán extraordinarios por su propia carencia de un sentido para ser. 

24 de mayo de 2016

Reseña de "El Ruido y la Furia", de William Faulkner



Hoy me apetecía reseñar esta novela, cuya lectura terminé unos días atrás y me dejó perplejo. Una obra que ha sido catalogada de muy distintas maneras en diferentes sitios web, no muy extensa pero que encierra un sinfín de matices que la han hecho objeto de estudio desde hace años. 

El propio título ya posee su simbolismo, pues Faulkner lo sacó de Macbeth, una de las mejores y más famosas obras del inmortal William Shakespeare; concretamente de un soliloquio del quinto acto en la quinta escena, que reza lo siguiente: 

Mañana, y mañana y mañana

Se desliza en este mezquino paso de día a día,
A la última sílaba del tiempo testimoniado:
Y todos nuestros ayeres han testimoniado a los tontos
El camino a la muerte polvorienta Muere, muere vela fugaz!
La vida no es más que una sombra andante jugador deficiente
Que apuntala y realza  su hora en el escenario
Y después ya no se escucha más. Es un cuento
Relatado por un idiota, lleno de ruido y furia,

Sin significado alguno.

Son varios los personajes del libro que encajan con algunas partes del soliloquio, pero quizá la más simbólica es la referente a Benjy, uno de los más importantes de la novela, el hijo de la familia Compson que padece un retraso mental y que es motivo de vergüenza y carga familiar para los mismos. Donde más claramente se observa este punto es en la primera de las cuatro partes de la novela, relatada en primera persona por el propio Benjy, el cual, dada su condición, posee ciertos problemas para entender el tiempo como lo hacemos el resto, por lo que su narración es caótica y se presenta de manera desordenada, narrando simultáneamente y sin distinciones en cuanto a la estructura diversos sucesos que acontecieron en años y décadas diferentes. Va del pasado al presente de forma constante, explicando así al lector y siempre desde su distorsionado punto de vista sucesos que ocurrieron cuando los hijos de la familia eran solo unos infantes, para después trasladarse de nuevo al presente de la obra, que acontece entre los días seis, siete y ocho de abril de 1928. 

Las pasiones del incomprendido Benjy, acostumbrado a unas rutinas por las que se rige en parte su cordura, pueden apreciarse en esta primera parte: la sección del prado que le corresponde de las tierras de la familia, el fuego y su hermana Caddy, una de las pocas personas en la familia que le profesan amor y cariño. La parcela fue vendida para la construcción de un campo de golf para así, con el dinero, poder mandar a Quentin, el más brillante de los hijos, a Harvard, y para pagar el matrimonio de Caddy, por lo cual en el presente Benjy acostuma a observar a diario cómo los jugadores practican en el prado que antaño le perteneció.

La segunda parte está narrada desde el punto de vista de Quentin, que ama profundamente a su hermana Caddy, pero de una forma que va más allá de lo físico, llegando al punto de sentirse en la obligación vital de pagar por sus pecados y protegerla a toda costa. Cuando Caddy debe abandonar el hogar familiar por dar a luz a una hija fruto de una relación fugaz anterior a su matrimonio y ser abandonada por su marido a causa de ello, convirtiéndose en otra vergüenza para la familia, Quentin comienza a desequilibrase interiormente, lo que da como resultado una narración, si cabe, más caótica que la anterior, pero a la vez más elaborada, bella y rica en matices y detalles. Todo un reto para el lector y una parte brillante y magistral a causa de la ruptura de la estructura y del uso de un intenso y elaborado monólogo interior que nos llevará directamente al torbellino emocional que es la mente de Quentin. 

La tercera parte, narrada por Jason, el hijo que toma las riendas de la casa cuando el padre fallece, convirtiéndose en el sustento y cabeza de familia, es mucho más estable que las anteriores, y nos explica el presente desde su punto de vista. Jason se ha convertido en un hombre amargado, violento, misógino y racista que roza la maldad.

Sin desvelar más detalles de la obra, la cuarta y última parte está contada en tercera persona por un narrador omnisciente, pero siguiendo la estela de Dilsey, la matriarca de la familia negra sirviente de los Compson, y añadirá más detalles a la tercera parte narrada por Jason hasta llevar a la conclusión de la obra. 

Algunos lectores coinciden en que la novela ofrece una lectura amena que impedirá que uno suelte el libro hasta haberlo terminado; otros aseguran que por su complejidad y su caótica estructura es una lectura casi imposible, de complicado recorrido. Lo cierto es que, si uno se mete de lleno y presta atención a los detalles, sí es amena, rápida y deja un excelente sabor de boca. Es inmensamente rica en detalles, matices y personajes, complejos y elaborados, y cuya trama atrapa al lector y lo liga a la inevitable decadencia de esta familia sureña. Una lectura altamente recomendable, imprescindible.



Y a quien le guste el estilo de escritores actuales como Cormac McCarthy descubrirá en Faulkner a un autor que va todavía más allá. Fue precursor de este y ambos tratan como género la novela sureña en la mayoría de sus obras, pues son muchas sus similitudes a la hora de elaborar sus historias. William Faulkner siguió la tradición experimental de escritores como James Joyce, Virginia Woolf y Marcel Proust, y fue conocido por el uso de técnicas literarias innovadoras como el monólogo interior, la inclusión de múltiples narradores o puntos de vista y los saltos en el tiempo dentro de la narración.

El ruido y la furia fue la cuarta novela de Faulkner, publicada en 1929, y fue una de las más consideradas a la hora de entregarle el Premio Nobel de Literatura en 1949. 

19 de mayo de 2016

Volteando el reloj de arena

























Llega hasta mí el aroma de tu recuerdo en insospechadas ráfagas surgidas de las nubes lejanas, allá en el horizonte. Quién sabe si algún día las cosas cobrarán un mayor sentido, porque reconozco que a veces se me escapa, que no puedo explicarme, ni a los demás ni a mí mismo; porque las madrugadas han perdido su razón de ser y las noches son más oscuras ahora de lo que fueron antaño.  

Todavía soy yo, apenas he cambiado; me encontrarás quizá no en el mismo sitio ni en el mismo tiempo, pero sí bajo las mismas ropas ajadas; solo sigue las pisadas de unas botas raídas cansadas de caminar. Qué bien se escribe en la nocturnidad, sin ningún ruido que eclipse al de las teclas, en estas noches en las que antes recorríamos las calles, en las que observábamos cada pintura en las fachadas de los callejones más angostos y cálidos; ahora en estas noches solo me queda una bombilla que proyecta luz amarilla sobre una cama vacía, y aquí aguardo en la penumbra, frente a una ventana antigua con la persiana medio echada; esos son ahora los ojos que han sustituido a los tuyos, cuyo brillo voy olvidando con el paso de los días. 

Pero algo sí ha cambiado. La melancolía ya no ahoga mis horas, porque he aprendido a darle la vuelta al reloj de arena que marcaba el final, uno que logro posponer segundo a segundo para encontrarnos una conclusión mejor. Ya no quedan fantasías, solo la vida, el todo y la nada, como suelo decir, y sigo en esa búsqueda perpetua de la belleza de las cosas más simples, porque nunca me canso de buscarla, como nunca me canso de perseguir aquello que realmente importa. Puede que sean metas y sueños, puede que sean las personas las que los materialicen y los vuelvan reales. Tal vez solo le encuentre el sentido a las cosas dándole al teclado, algo que por suerte nunca me agota sino que me alarga la vida para compensar todos los males que la acortan. 

¿Qué es una espera cuando el tiempo es plano y carece de significado? Si alcanzáramos la inmortalidad todo perdería el sentido y quizá solo entonces encontraríamos el auténtico; creo que por eso volteo el reloj cada noche, antes de acostarme, para que siga existiendo un nuevo día cuando abra los ojos y para aniquilar esas esperas que tanto aborrezco, esas a las que he visto consumir la vitalidad de tantos otros; pero no caeré en esas redes, porque mientras logre alcanzar ese objeto simbólico cada noche todo seguirá girando y girando. 

Ojalá alguien pudiera asegurarme con comprobada certeza que escribiendo pueden conseguirse las mejores cosas, las más ansiadas metas. Escribiría entonces sin descanso, día y noche hasta el fin de los tiempos, hasta completar un manuscrito de un millón de páginas que me permitiera encontrarte; pero todos sabemos que eso jamás ocurrirá. Nada ni nadie pueden asegurarnos que la veracidad de nuestras palabras nos conduzca a algo seguro, pero por algún misterioso motivo, por algo que se mueve en nuestras entrañas seguimos escribiendo casi sin descanso, para quizá algún día dar con alguna de las verdades absolutas que dan sentido a todo cuanto hacemos y conocemos.